Vivir el miedo juntos

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Vivir el miedo juntos

 

Algo inesperado, tanto por el momento como por las palabras. Te amo, dijo. El miedo surgió. Acababan de abrir los ojos, juntos y revueltos, la tercera ocasión en un mes, la tercera “cita”. Londres es grande y agotador, puedes dar gracias al cielo si ves a alguien tres veces en treinta días. Ella despertó alegre, él le daba buen sexo y buenas conversaciones, lo suficiente para sobrevivir. No le hacía falta más, nada de compromisos serios. Se lo dejó claro desde el principio. Vamos a lo que vamos, ¿ok? No estoy preparada todavía para tener pareja, demasiado dolor en la anterior para volver a meterme en líos. Cristalino. Hasta un niño de dos años lo entendería.

Cuando una chica quiere sexo, lo dice sin rodeos; cuando un chico quiere sexo, habla de amor para conseguirlo. A él le sorprendió un poco, no estaba acostumbrado a esa desinhibida y liberal actitud femenina. Pero le pareció bien, muy bien. Genial, de hecho. Se conocieron en una página online de ligues. Conectaron rápidamente, charlas naturales y fluidas. Decidieron verse al día siguiente en el típico pub inglés al que se suele ir después del trabajo. Dos besos en la cara, botella de vino y comida costosa de porciones diminutas. La fluidez fue la misma que por teléfono, incluso mejor, pero la barrera no se podía saltar, ella reforzaba con sus palabras vocalizadas el hecho de que no deseara una historia romántica. Él la entendió y lo aceptó sin problemas, ¿acaso iba a quejarse?, valía la pena llevársela a la cama, era la mujer más guapa que había mirado en los últimos meses, y definitivamente la más guapa del pub. Se acostaron esa misma noche, el calor del ambiente apretaba tanto como el calor de las pasiones, no tenía sentido esperar más tiempo si los dos estaban de acuerdo con el guion. Desnudaron el cuerpo y el alma.

Él no paraba de pensar en lo mucho que ella se entregaba en el sexo sin existir un vínculo emocional importante. Y ella…se preguntaba lo mismo de él. Cuando terminaron, él sabía que debía marcharse aunque la joven no se lo hubiera pedido. Bajó al garaje, cogió su bicicleta y rodó sobre el asfalto hacia su casa, donde cerró los ojos para dormir mientras recordaba los besos de la chica con la que había pasado una velada de ensueño.

Se vieron de nuevo siete días después, a pesar de que habían hablado por mensajes de texto de forma intermitente en jornadas anteriores. Ella nunca comenzaba una conversación, siempre era él, dudando en ocasiones sobre si era lo más apropiado, teniendo en cuenta la falta de interés de su interlocutora por ir más allá de polvos exaltados, de besos ardientes y caricias con fechas de caducidad. Se vieron de nuevo, sí, en casa de ella, como antes. Le abrió la puerta con un camisón transparente, el juego había empezado. La abrazó y se besaron los labios, se lamieron las lenguas, se tumbaron en el suelo, se hicieron un paraíso a medida para ellos solos. Antes de terminar, él ya estaba imaginando la próxima vez. Le gustaba, tanto su cuerpo como su mente. Después de alcanzar el éxtasis carnal pasarían un rato dialogando sobre cientos de cosas al mismo tiempo. No podía ser más perfecto.

Y llegó aquel sábado. Cambio de localización. La casa de él sirvió de refugio erótico. Ella tenía ganas de ir, por no seguir la rutina, por estar en otro entorno. Intentaron ver una película en el ordenador de la habitación, pero hablaban y se tocaban tanto que la película quedó sin ser vista. Sudaron sobre las sábanas, gimieron al ritmo del temblor de las velas, durmieron sumergidos en el silencio de la madrugada y en los sueños hechos realidad. Y al despertar, vino el golpe inesperado. Te amo…dijo ella. Se tapó la boca enseguida, como una niña pequeña después de decir una palabrota. Él no sabía qué responder, aunque sentía que tenía que comentar algo, lo que fuera, cualquier cosa. ¡Yo también te amo!, dijo, la verdad, nada más que la verdad. Karen se vistió deprisa, queriendo huir antes de tener que dar una explicación, antes de afrontar que se había enamorado de Javier. Bajó corriendo a la calle, se montó en la bicicleta y, justo cuando los pies se disponían a pedalear, Javier puso la mano en el manillar parando el movimiento de la bici celeste. La besó. Sé que tienes miedo, los dos lo tenemos, pero vivamos este miedo juntos.

El miedo dio paso a la dicha. Una felicidad que se expandió por sus vidas en días posteriores, en meses futuros, en todos los años que vivieron sin separarse nunca.

2017-07-21T11:28:17+00:00 20 julio, 2017|Amor, Fidelidad, Ruptura, Sexo, Uncategorized|0 Comments

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